lunes, 5 de septiembre de 2011

Epifanía sobre la praxis musical

Cual manzana de Newton a veces llegamos a conclusiones y analogías en los momentos más inéditos. Aquellos momentos de actividades repetitivas, del "quehacer" diario o de la caminata nocturna. Resulta que precisamente en una de esas caminatas por la ciudad, bajo el continuo e hipnótico sonido de los autos al pasar (el loop del efecto doppler) comencé a preguntarme acerca del proceso que conlleva la práctica musical, desde que tomas tu instrumento y das el primer vistazo a la partitura, hasta que te sientes capaz y libre de interpretar la obra. De qué manera llegamos a interpretar y no reproducir.

De la nada vino a mi mente una analogía que me parece interesante de plantear. Recordé los conocidos Mándalas  budistas (y también hinduistas), aquellas representaciones o diagramas hechos en arena, los cuales muestran una visión del micro y macrocosmos.


Lo interesante de esto es precisamente el proceso del diseño de un Mándala, la complejidad que éste representa conlleva una precisión y cuidado increíbles al momento de su realización. Este proceso obviamente supone una relajación y una fragmentación de los procesos cerebrales en el cual se puede reflexionar acerca de, bueno, todo. 

Luego del proceso de diseño (grano a grano coloreado), una vez terminado, los monjes tienen la costumbre de destruir la imagen hecha de arena y así identificarse con la idea del desapego, ampliamente descrita por su filosofía. Lo que llama a la analogía es precisamente ese momento final, donde se abandona lo realizado, la construcción, el diseño, el trabajo y se reciben los frutos de la experiencia, el verdadero sentido de lo que les tomó días formar.

En la música sucede algo muy parecido, nuestro trabajo radica en ser extremadamente meticulosos en la práctica, quirúrgicos, dedicados y conscientes. El viaje, dentro de la práctica musical, desde el punto A hasta el punto B es variable, depende de nuestras posibilidades y maneras de realizar aquel proceso, pero siempre llegamos a un mismo punto, donde finalmente todos aquellos elementos que formaron parte de este viaje han sido concretados y estamos listos para abandonar ese proceso y quedarnos con la experiencia. El viaje nunca saldrá de nuestros cerebros, pero es nuestra disposición la que en este momento cambia, estamos libres de ser realmente creativos cuando ya tenemos las herramientas para concretar cualquier sueño, idea, proposición que tengamos. Lo más importante de todo es que, luego de completar el arduo proceso de ser técnicamente coherentes con lo que nos propusimos al comenzar y  finalmente desapegarnos  del proceso y del "resultado" (repito, porque éste permanece de una u otra forma intrínseco a uno) nos encontramos con que hemos adquirido un millón de puntos de vista distintos acerca de la obra o de la idea; pensar "fuera de la caja".

Por ello es que estos dos procesos (sin olvidar que ambos son procesos creativos y artísticos) tienen eso en común, lo que se expresa finalmente en la música es el espíritu de todos los procesos técnicos, mentales y vivenciales que formaron parte de la obra, por ello nos volvemos incapaces de ser creativos y especialmente comunicativos al interpretar cuando no hemos hecho el trabajo que precede a ello, nuestro propio y complejo diseño de arena, nuestro propio Mándala. 





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